Vancouver es una de las sedes canadienses del Mundial 2026, con partidos que se juegan en el renovado BC Place, en pleno centro de la ciudad. La llegada masiva de aficionados internacionales debería, en teoría, favorecer al comercio local. La realidad ha sido más despareja.
Negocios cercanos al estadio, como una tienda de souvenirs artesanales, reportan un aumento de clientes que su propio dueño describe como un “pandemonio” de demanda por recuerdos económicos del torneo. Pero a pocas cuadras, otros comercios debieron cerrar temporalmente durante los partidos por las restricciones de acceso y la caída del flujo habitual de clientes, como una tienda de peces tropicales que optó por bajar la cortina mientras dura cada encuentro.
A esto se suma que las estrictas normas de propiedad intelectual de FIFA limitan qué pueden vender los comercios que no son sponsors oficiales, incluso obligando a retirar productos que usan el nombre del torneo. El aumento de visitantes en una ciudad sede no se traduce automáticamente en más ventas: depende de la ubicación del negocio, del tipo de producto y de si puede participar legalmente de la marca del evento. Una lección útil para cualquier pyme que espera un “efecto Mundial” en su facturación.



